Hablemos de la censura en España


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¿Por qué a los españoles les gusta tanto decir “NO”?

Si hay una característica que une a distintas épocas de la historia española no es la paella, no es el flamenco, ni mucho menos la eterna disputa sobre quién hace las mejores tapas. Es la censura. Las instituciones españolas tienen un talento natural para amordazar a los demás.

Desde la Edad Media hasta la era digital, pasando por hogueras, dictaduras y propuestas legislativas “muy creativas”, España siempre ha jugado con la idea de que controlar lo que dicen los demás es una forma excelente de mantener el orden. O, al menos, el orden de algunos.

Los precursores del “no”: la Inquisición española

Cuando se habla de censura ibérica, el primer amor nunca se olvida: la Inquisición española. Una maquinaria institucional creada para defender la ortodoxia religiosa, pero que desarrolló cierto gusto por prohibir libros, ideas, palabras, sueños, respiraciones… prácticamente todo.

  • ¿Manuales prohibidos? Toneladas.
  • ¿Escritores sospechosos? Una lista infinita.
  • ¿Opiniones divergentes? Solo si van acompañadas de una buena retractación.

El lema implícito de la época podría resumirse así:
«Si no entendemos lo que estás diciendo, es probable que seas hereje».

Censura

Del rojo fuego al gris ceniza: el franquismo

Tras unos cuantos siglos de pausa (relativa), el gobierno español vuelve a brillar en la clasificación europea de la censura con Francisco Franco, que convierte la limitación de la libertad de expresión en una disciplina olímpica.

El franquismo impuso:

  • Control total sobre periódicos, radio y teatro
  • Listas de palabras prohibidas que serían la envidia de cualquier revisor textual.
  • Películas dobladas, cortadas o reescritas “según la moral nacional”.
  • Un clima cultural en el que incluso reír tenía que seguir unas directrices.
Censura

¡La democracia, por fin!… Pero con un poco de nostalgia del control

Con el final del franquismo, España entra en la democracia… parece realmente querer dejar atrás su pasado censurador (de censura). Pero las viejas costumbres, como es sabido, tardan en desaparecer.

Después de 40 años de prohibiciones, castigos y prohibicionismos culturales, muchas redacciones, artistas y escritores siguieron por inercia evitando ciertos temas considerados “delicados”, como la Iglesia, el ejército, la monarquía, las críticas demasiado explícitas al Estado, el sexo… No porque fuera ilegal hablar de ellos, sino porque el clima social seguía siendo prudente: la libertad era nueva, el miedo era antiguo.

Pedro Sánchez y la era de la prohibición 2.0

Y así llegamos al episodio mas reciente de la larga saga. El PSOE liderado por Pedro Sánchez ha sido acusado —no sin ironía por parte de los observadores— de querer resucitar el antiguo espíritu institucional español del “prohibido hablar”.

Entre propuestas de regulación de los medios, intentos de limitar la desinformación mediante herramientas que algunos perciben como demasiado invasivas, y debates encendidos sobre la libertad digital, se ha llegado a una pregunta histórica:

«¿El gobierno español tiene más miedo a las fake news o a la libre opinión?»

Los críticos y opositores han apodado algunas propuestas como «la censura 2.0», sosteniendo que el Gobierno estaba buscando un equilibrio demasiado inclinado hacia el control.

Conclusión: la “censura” en España es como una prenda vintage: vuelve cíclicamente, siempre reinterpretada, siempre actual.

Desde la Inquisición hasta las leyes digitales, pasando por Franco y las nuevas sensibilidades políticas, España ha cultivado una relación compleja con el control de la palabra.

Paradójico, ¿verdad? El pueblo de la movida, del surrealismo y de la libertad artística es el mismo que periódicamente se encuentra debatiendo qué palabras están permitidas. Kafka, en comparación, parece un realista.

Y si el futuro trae nuevas formas de censura, al menos podemos estar seguros de una cosa: los gobernantes españoles, cuando se trata de prohibir algo, saben ser tan creativos como cuando inventan tapas.

Conclusiones

En Escort Advisor llevamos 10 años trabajando en el sector del sex work en varios países europeos. No hacemos política ni tenemos interés en entrar en las dinámicas internas de España. Pero precisamente porque vivimos este mundo cada día, conocemos muy bien lo que significa volver a la prohibición:: significa reabrir las puertas al oscurantismo y entregar todo el sector a la criminalidad organizada.

La historia reciente, por desgracia, está llena de ejemplos. En los países donde la prostitución es un delito, el mercado no desaparece: cambia de dueño. Acaba en manos de quienes tienen todo el interés en operar sin reglas, sin protecciones y sin escrúpulos. Y cuando eso ocurre, se muere. Las crónicas internacionales lo recuerdan con brutal claridad.

Después de una década de experiencia, estamos absolutamente convencidos —y creemos que muchos españoles piensan lo mismo— de que perseguir el sex work como ilegal no solo es inútil, sino peligroso. En una nación donde los principales portales de escorts reúnen más de 20 millones de usuarios únicos al mes, ¿cómo se puede pensar seriamente en reprimir una demanda tan amplia y estructural? Hablamos de necesidades humanas profundas, arraigadas en los niveles fundamentales de la pirámide de Maslow. Fingir que no existen no las hará desaparecer: solo las hará clandestinas y, por tanto, más arriesgadas.

Censura

La verdadera solución es otra: regular la profesión, proteger a quienes ejercen libremente y golpear con extrema firmeza aquello que sí constituye delito —la explotación, la inducción, la trata—. Crímenes gravísimos que no tienen nada que ver con las decisiones conscientes de adultos que, por razones personales y legítimas, deciden ofrecer servicios sexuales.

Confundir deliberadamente el trabajo autónomo con la actividad criminal es un acto de mala fe política. Es un intento de manipular a la opinión pública y devolver al país a un clima de inquisición que ya no pertenece al presente. Y sobre todo, es una ofensa para quienes trabajan honestamente, arriesgando en primera persona las consecuencias de decisiones ideológicas tomadas por quienes no conocen —o no quieren conocer— la realidad.

Esa realidad la vivimos cada día. Y por eso no podemos quedarnos en silencio.